10
May

No sé muy bien por dónde empezar porque son muchas las cosas que quiero decir y dan vueltas en mi cabeza de manera desperdigada, sin orden ni concierto, un poco como somos los niños: inconstantes, enérgicos, cambiantes, que tanto estamos riendo como llorando y en realidad te queremos con locura cuando decimos que te queremos nada. El caso es que me he sentado aquí, mamá, con mi mala redacción y un espacio en la internet para decirte lo mucho que te quiero y agradecerte cómo eres.

Sé de buena fuente que, desde que nací, has intentado hacer las cosas bien, o muy bien. El miedo a fallar, el miedo a equivocarte, el miedo a dejar de hacer cosas importantes o a hacer cosas que pudieran dañarme te han hecho estar muy pendiente de todo y sé que esto te genera un poco de ansiedad. Ansiedad o miedo, a que la persona más importante de tu vida, YO, pueda reprocharte algo como a veces, en tu interior, le reprochas a tus padres. Y ya me ves, sentado para agradecértelo, así que algo habrás hecho muy bien, pese a que a veces no sientes exactamente eso.

Sé que has vivido muchas cosas duras, que has sufrido en muchos aspectos y sé que conmigo tuviste las ganas de, por fin, hacer algo muy bien y que viste la oportunidad de curar viejas heridas a través de la maternidad porque, ¿acaso no enriquece y hace crecer a alguien como persona el saber que estás criando y alimentando a un bebé del mejor modo que se puede? ¿Acaso no supone una motivación y un orgullo saber que estás dando lo mejor de ti para hacer de tus hijos personas de bien? ¿Acaso no es el compartir, el dar, el ofrecer lo mejor de sí en el momento en que se cierra el círculo perfecto entre lo que uno es y lo que el otro puede llegar a ser?

Porque cuando se es madre lo mejor que se puede ofrecer no son juguetes, ni regalos, ni la mejor ropa, sino su cariño, su tiempo y su amor. Y esto, aunque esté mal decirlo, no todas las madres (ni todos los padres) lo dan del mismo modo. ¿Que por qué digo esto, mamá? Pues porque quiero que sepas que el día que no estés, el día que me faltes, el día que te vayas, tu legado permanecerá en mí para siempre. Tus palabras, tus besos, tus caricias, tu cariño… y tus imperfecciones. Todo ello quedará en mí, en mi aprendizaje, en mi vida, en mi manera de ser, y yo lo transmitiré también a mis hijos para que, en cierto modo, cada nueva generación sea un poco de quien tú eres.

Ya, lo sé. Ahora mismo te estarás diciendo que no eres nadie en especial, sino simplemente una mamá que trata de hacerlo lo mejor posible y que se equivoca más de lo que desearía. Sé que lo sientes así, pero puedes estar tranquila: eso mismo es lo que piensan todas las madres, porque son tan responsables, dan tanto por nosotros, sus hijos, que siempre piensan que pueden dar un poco más, o que pueden hacerlo mejor.

Y sin embargo te doy las gracias porque eres imperfecta, porque haces muchas cosas bien, pero haces cosas que no desearías acabar haciendo. Y aunque sé que has llorado porque no has logrado ser la madre ideal que querías ser, debes estar orgullosa solo por el mero hecho de haberlo intentado y de seguirlo intentando. Quítate esa presión, mamá, porque para ser una madre perfecta deberías ser una mujer perfecta, y esa mujer no existe. Además, tendrías que tener un hijo perfecto, y yo no lo soy, porque los niños no venimos a hacer lo que nuestros padres quieren, sino a ser libres, a hacer lo que queremos y necesitamos y, en cierto modo, a darles unas cuantas lecciones de vida.

Sí, sí, lecciones de vida, que ustedes los mayores están acostumbrados a vivir según unos horarios y unas normas que a nosotros nos parecen estúpidas. ¡Pero, por favor! ¡Si la mayoría viven siempre en la constante búsqueda de la felicidad y no logran encontrarla! Nosotros, en cambio, somos felices y, en vez de aprender de nosotros cómo hacerlo, pretenden que nos acostumbremos a su modo de vida, mucho más estresante.

Pero aún así, te doy las gracias porque cada vez que te equivocas yo me doy cuenta de que, cuando me equivoque, que lo haré, seré tan humano como tú. Porque cada vez que me pidas perdón, yo estaré aprendiendo a pedir perdón. Cada vez que te haga sentir mal, cuando me enfade, verás que hay algo que te estoy pidiendo y no alcanzas a entender, y lucharás por encontrar el modo de volver a estar los dos en sintonía.

Si fueras perfecta, yo pretendería serlo también y al darme cuenta de que no puedo me sentiría fatal, presionado, dolido y triste por no cumplir tus expectativas. Pero el saber que no es así me hace sentir más capaz de ser yo mismo y no tanto quien creo que quieres que sea. Además, sé que lo intentas, que tratas siempre de hacerlo mejor y que luchas por pasar más tiempo conmigo, y eso me hace sentir muy querido y, a la vez, me hace quererte mucho.

Por eso, vuelvo a decírtelo, no te ofusques con tratar de ser la mejor madre del mundo, pues yo no la necesito. Yo solo te necesito a ti, tal como eres, para aprender a través de ti cómo es este imperfecto mundo en el que me ha tocado vivir y cómo se gestionan esos choques continuos entre personas y carácteres. ¿Si no, cómo iba a aprender a relacionarme con otros niños y otros adultos, si todo es siempre idílico, alejado de la realidad exterior? Siendo así, siendo como eres, con el cariño con que me tratas, con el amor con que me hablas y con el respeto con que tomas tus decisiones eres mi madre imperfecta perfecta.

Así que no cambies, sigue tratándome así, de ese modo que le explicas siempre a papá: «le cuido de esta manera porque es como a mí me habría gustado que mis padres me trataran, y además, es que lo siento así, sale de dentro», así, como te sale de dentro, y sigue acompañándome en este camino tan complicado que me ha tocado vivir, porque la vida puede ser muy dura y triste por todo, o muy dura y feliz, a pesar de todo, según lo que me lleve en la mochila el día que me despida de ustedes. De momento, cuando la abro, veo dedicación y cariño, así que como yo no te reprocho nada, no lo hagas tú tampoco. Y si en algo crees que puedes mejorar, adelante. Todo lo que crezcas como persona será todo lo que yo me lleve conmigo.

Sin más, me despido no sin antes decirte que TE QUIERO, así, con mayúsculas.

FELIZ DÍA DE LAS MADRES.

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